Sol de Primavera

  • Ya, lo eché al horno. Espero 40 minutos y estamos, ¿cierto?
  • Ahora te falta el último ingrediente
  • ¿Pero cómo me lo dice ahora? ya lo eché al horno po´
  • Siempre te lo digo, pero nunca te acuerdas
  • ¿Y qué me faltó?
  • Sonreír
 

Mi mamá y su peculiar forma de recordarme que siempre es mejor enfrentar la vida con la parábola mágica en el rostro.

Según su teoría, la sonrisa ayudaría a que mi primer queque subiera, y tuviera la misma apariencia que los insípidos bizcochos de panadería cuica, pero con el sabor de la receta de familia.

Nuestra conversación se basó netamente en la famosa receta familiar del queque de limón, de la cual nunca fui devoto por aprender, pero si para consumir el producto final. En ningún trayecto de la llamada mi madre quiso ahondar en mi estado emocional. Fuera del inicial ¿cómo estás?, sus palabras siempre se esbozaron para dar indicaciones sobre la receta. Se detenía solamente para darle unas piteadas a su Kent 4 y para recordar algún ingrediente perdido en el océano de su memoria.

Por un momento recordé mi infancia y esa manía suya de dar instrucciones apuntando con el dedo, como si fuera una versión pirata de “La Fiera”, esa telenovela chilota de los 90. No sé en que momento pensé que sería distinto. Pude haber buscado la receta en internet. Un huevo de más o un poco menos de azúcar, no creo que hayan variado mucho el resultado final.

Sin embargo, el confinamiento ha desbloqueado nuevas misiones que enfrentar y el queque de limón era una de ellas.  Por lo que tuve que aguantar estoico la docena de instrucciones de mi madre, incluyendo un par de garabatos de bajo calibre.

Otra de las misiones que debía desbloquear, era hacer frente a la procrastinación crónica que me afecta desde que tengo memoria. El cerro de loza, la cordillera de ropa sin planchar y el piso con complejo de desierto, eran paisajes que no se podían seguir repitiendo en este encierro. O bueno, se podría repetir alguno, si es que pedía comida por Rappi, por ejemplo. Pero esa opción no era compatible con el saldo en la tarjeta de crédito.

Empecé con el piso, ya que pensé sería la tarea más fácil. Así que tomé el escobillón, el trapero, un poco de poet y puse a Chayanne en la radio.

Partí por el dormitorio, moví la cama hacia un lado y comencé mi labor. Mientras “Tu pirata soy yo” sonaba en los parlantes, mis ojos descubrían el pequeño mundo que vivía debajo de mi catre. Restos de arroz chino, una cuchara con vestigios de manjarate y un calcetín que hace un año busqué por cielo mar y tierra, eran algunos de los accidentes geográficos que habitaban en el oculto Atlantis bajo mi litera.

Demoré 5 canciones en terminar de limpiar los 9 metros cuadrados que abarcan la habitación. Me gusta tomar el tiempo en canciones ¿a ustedes no les pasa? Es como una manía que tengo. Por ejemplo, cuando me ducho para ir al trabajo, debe ser máximo en 2 o 3 canciones, o si no llego tarde a la micro. Claro que, si me toca November Rain, mi novedosa estrategia se va a la cresta.

El piso del baño lo comencé cuando “Tiempo de Vals” iba en el primer estribillo y lo terminé cuando aún cantaban el segundo coro.

El living y la cocina fueron un trámite, aunque debo reconocer que debajo de la alfombra encontré un pequeño agujero negro, digno de ser explorado por algún telescopio del cerro Tololo.

Cuando el cansancio comenzaba a aparecer, me senté unos minutos en el balcón a tomar un mate, antes de seguir con la siguiente misión.

El cerro de loza que emergía desde el lavaplatos era como el monstruo del lago Ness. Con la diferencia que este engendro, desde hace 1 semana y media, se dejaba ver a vista y paciencia de todos. Y no tenía la menor intención de esconderse.

Comencé por las ollas, seguí con los platos, las tazas y dejé el servicio para el último. A esa altura, el random de Spotify transportaba la cocina a Brasil y sentía que estaba lavando la loza en alguna playa de Salvador de Bahía… Roberto Carlos llevaba 3 sandías caladas al hilo.

Terminé mi segunda misión, me quedaba la última: Ordenar la ropa sin planchar.

La derecha de la cama es, hace meses, el sector delimitado para la ropa sin planchar. Tan así, que creo que en la base de aquella cordillera formada por 80% algodón y 20% nylon, aún está la taquillera camisa que ocupé en año nuevo.

A diferencia de las 2 misiones anteriores, aquí también me podría encontrar con alguna sorpresa, pero estaría seguro de que al menos, la sorpresa estaría limpia.

Mientras iba doblando poleras, camisas y chalecos, el cerro se achicaba cada vez más. Cuando solo me quedaban algunos calcetines huachos, recordé por qué decidí dejar ese lado de la cama para acumular ropa: Así no sentiría tan de golpe el vacío de tu partida. Me paralicé por un instante y le tomé el peso a aquel momento. Sacar la ropa acumulada, inconscientemente, fue como buscar un tesoro, con la diferencia que este cofre estaba vacío. Pasé la mano por sobre de la cama, acariciando suavemente el contorno de la forma en que dormías. Como si la última vez que dormiste aquí, hubiese dejado un cráter imborrable.

Me recosté en la cama, en la misma posición que solías hacerlo.

No sé muy bien como me sentí, pero lloré. Los escalofríos no mienten, las lágrimas tampoco. Asumí entonces que aún te extrañaba.   

Como es de costumbre en esta casa, el aleatorio jugó una mala pasada justo en el momento menos indicado. Journey sonó de fondo… “Oh, girl you stand by me. I’m forever yours, Faithfully”

No sé en qué instante el algoritmo cambió del portugués al inglés. Pero agradecí el momento. Lo viví desde el corazón, con los escalofríos invadiendo todo mi cuerpo.

Por enésima vez te dije adiós, pero esta vez espero que para siempre. Ya me di cuenta de que el cofre estaba vacío. Mi mente era quien mantenía la esperanza de encontrar algún tesoro bajo el cerro de ropa. Sin embargo, la realidad nuevamente le ganó a la ilusión.

No sé en cuantas canciones te podré olvidar, creo que dejaré de usar esa técnica para medir el tiempo.

Me levanté y guardé en el closet la ropa que acababa de ordenar. Es increíble que cuando tienes pena, hasta colgar la ropa se hace difícil.

Mi teléfono sonó a lo lejos, fui a buscarlo, era una videollamada de mi madre. Me sequé las lágrimas y le contesté.

Me sorprendí al verla cubierta de una bolsa de basura negra y con el pelo lleno de tintura. Detrás de ella, mi tía Gladys se cuenteaba de estilista y le teñía las canas desde la raíz hasta la punta, con una precisión digna de relojero suizo.

  • ¿Ya está listo el queque? – Me preguntó efusivamente
  • ¿Cuál queque? – le respondí incrédulo
  • El que metiste al horno hace exactos 40 minutos
  • Emmmmm si, lo saqué recién. – Le mentí piadosamente
  • Muéstralo entonces po´, queremos ver cómo te quedó – La efusividad parece que la rebasaba
  • Es que…. Se está enfriando, después le mando una foto
  • ¡Ahhhh ok!, pero que no se te olvide, que tu tía Gladys también lo quiere ver
  • Si, le mando una foto más rato
  • ¿Estuviste llorando?
  • ¡No! Es que hice aseo y el polvo me dio alergia
  • Bueno, si me quieres contar, aquí estaré
  • Tranqui ma´, anda todo bien
  • Bueno, ¡no se te olvide la foto!
  • Ok
  • ¡Chau!
 

El instinto maternal de mi progenitora, que tanto extrañé en mi juventud, me había pillado in fraganti, aunque tampoco hice mucho por disimular.

Fui al baño a secarme las lágrimas, tenía que recibir el queque de limón con el mejor rostro. 

Volví a la cocina y abrí la puerta del horno. Me recibió un bizcocho amarillo como el sol, igual al que emerge por la cordillera en primavera. Olía bien y desbordaba sobre molde en el que lo había vaciado. Lo saqué y, aunque estaba caliente, corté un trozo para probar, como cuando niño, pero ahora nadie me podría regañar.

Me quemé un poco la lengua, pero el queque estaba exquisito, crujiente por fuera y blando por dentro, con el sabor a limón presente en cada mordida. El balance del dulce y el ácido era perfecto, nada mal para ser mi primera vez. Creo que, de ahora en adelante, le dedicaré más tiempo a las artes culinarias.

Por los parlantes comenzó a sonar Pedro Aznar.

“…Y al final, tu herida habrá sanado

¡Y volverás al amor, y volverás al amor!”

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