Amy

Amy

La mañana del sábado se presenta tranquila en el gran Santiago. Bueno, eso lo asumo. Ya que en los 36 metros cuadrados que abarca mi palacio, poco puedo ver de lo que acontece en las calles de la capital.

Me levanto y voy al baño. Aunque lo evite, miro de reojo el lado vacío de la cama que lleva varios meses sin habitar y que ahora sirve de armario improvisado para la ropa sin doblar.

Me ducho, me visto y luego me preparo a uno de los momentos más esperados del día: El desayuno. Bueno, a decir verdad, cualquier hito del día que tenga relación con comida entra en la clasificación de favorito. Así que el almuerzo, la merienda y la cena se merecen también todo mi cariño.

Enciendo el equipo esperando escuchar las noticias. Sin embargo, comienza a sonar una pegajosa base de Soul. Ahí recordé que hace un par de días dejé puesto un disco de Amy Winehouse, que escuché mientras cocinaba.

El ritmo es contagioso, tan así que me hace mover los hombros y cuello de un lado a otro, como si fuese un moreno habitante del Bronx.

“Love is a losing game” suena de fondo, mientras me engullo enamoradamente el sándwich palta/jamón que recién terminé de armar. Al segundo sorbo del café matutino, (necesario por lo demás), le tomo atención a la frase que Amy ha repetido unas 10 veces durante la canción.

“El amor es un juego perdido” traduzco en mi mente, con mi inglés arcaico que se quedó pegado en el verbo to be.

Googleo la canción y descubro que Amy la escribió a los 23 años.

¡23 años y ya sabía que el amor era un juego perdido!

Que experimentado de su parte. Y precoz también.

Entender a los cortos 23 años que en el juego del amor estás destinado a perder, indica que el sufrimiento ha sido tu compañero durante gran parte de la vida. Que las alegrías han sido menos que las tristezas. Y también que, obligadamente, has tenido que aprender a lidiar con la soledad. Aunque para ello debas acudir a ciertos amigos con escasa experiencia en temas de compañía.

Pero llegar a tamaña conclusión a esa corta edad, también indica que has vivido de los sueños. Que, a pesar de haber perdido, lo vuelves a intentar. Porque crees que el amor todo lo puede sanar. Y también, porque no, que puede ser la cura para el veneno que invade tu corazón.

Lamentablemente, Amy, al igual que la mayoría de nosotros en alguna oportunidad, se rodeó de otros soñadores, igual o más rotos. Con nulo conocimiento de los afectos y también con miedo a la soledad. Las botellas, los polvos y las vitaminas fueron los perfectos acompañantes para calmar esas tardes de llanto. Que solían terminar en noches sin luz. Y una vez a oscuras, notaba que tenía el doble de dudas que hasta antes del primer sorbo.

Los momentos de sobriedad fueron pocos, pero suficientes como para razonar y concluir que el amor es un juego perdido. Que no debes jugarlo. Que no es una apuesta. Que no puedes ir por la vida jugando al all in, ya que, si pierdes, te quedas vacío. Y para el amor no existen préstamos que te devuelvan lo que perdiste.

23 tenía cuando escribió esta canción. Y bueno, después de investigar la historia de Amy, puedo comprender por qué a los 27 tomó la decisión de partir. Era una enamorada de la vida, pero parece que la vida no le tenía una pizca de cariño.

O quizás sí. Solo que tal vez Amy, se dedicó a mirar el lado vacío de la cama y no el que ella misma desordenaba.

 

 

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